Si no conservara un poco de raciocinio podría haber estado seguro de que esa tarde llovió agua ardiente. Fue el día que muchos americanos y criollos quebraron partes de su cuerpo conmemorando el destino final del florero de Llorente. Como diría un descendiente ex conquistador español se ”descuajaringaron”.
“Esta si es la fiesta buena, la fiesta en corraleja”, escribió algún día, en una de sus composiciones, Rubén Darío Salcedo. De esta manera plasmaba el sentir de la costa caribe en una práctica concebida desde la cultura española en América, con la que hoy algunos colombianos conmemoraron la independencia de la Nación.
“El Coliseo”, tradicional y espontáneamente acondicionado con guadua, sostuvo los miedos, expectativa y adrenalina de hombres y mujeres que aguardaban el desenlace del espectáculo representado en la fuerza del animal frente a la habilidad y destreza del hombre (racional pero al fin y al cabo animal por naturaleza). Quizás, con el mismo sentir de aquellos que en la Creta griega chocaron contra la carne escribiendo desde entonces sus antecedentes en esta práctica popular.
La novilla hizo lo suyo. Se enfrentó una y otra vez a aquellos que pisaron el polvo. Los hizo morder la tierra. Pero antes el licor había hecho su parte. Parecía que lejos había quedado la frustración y en cambio la perseverancia por ganar el duelo y ser el protagonista de los aplausos se tomó la tarde. Una y otra vez los vi desafiar la gravedad al volar por los aires, de alguna manera era evidente que alcanzar el firmamento era un objetivo claro, ya sea en el propósito por vencer o en el fin mismo. Entonces la sangre la congeló el polvo mientras era sostenida por el aire con sabor a cerveza.
Hubo silencio. Instantes cómplices de la cordura. Hicieron eco las sirenas y se acabó la fiesta. Nunca nadie supo o se preguntó quién era José González Llorente, y mucho menos qué significa hoy la independencia de hace 204 años. Lo claro fue que el animal luchó todo el tiempo por la suya.