Por: Eliana Hurtado y Juan Guillermo Osorio

 

Tan sólo en Bogotá hay 60 mil vendedores informales y por lo menos 200 mil en todo el país, según cifras oficiales. Un porcentaje significativo que aumenta a diario debido a la poca demanda de trabajo, falta de educación y mejores oportunidades que permitan a un colombiano promedio obtener una buena calidad de vida.

En la capital del Huila es notoria esta situación. Al igual que en las demás ciudades, es un tema controvertido por las condiciones en que laboran estas personas, las persecuciones de la fuerza pública y las políticas que desde el gobierno municipal se implementan para reubicarlos sin garantías óptimas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jhon Fredy Caleño es desde hace más de diez años uno de los cientos de vendedores ambulantes que busca su sustento diario en el centro de Neiva, considerada una de las ciudades más desorganizadas del país por el manejo del espacio público. Fredy vende correas que compra al por mayor y sus ganancias dependen de las condiciones del día, una característica recurrente del trabajo informal. “Las ventas no son estables”, dice Caleño. A veces no vende nada y otras veces ha llegado a ganarse 40 mil pesos que destina al sustento y manutención de sus dos hijos.

Las competencias son muy reñidas ya que no es el único vendedor en la zona. “Cada persona tiene su puesto y lugar de trabajo definido”, puntualiza Caleño.

La preferencia por las capitales

Las capitales colombianas sustentan una mayor dinámica del comercio informal, a estas ciudades donde llegan personas de diferentes lugares en busca de una oportunidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Angie Gisela Grijalbo es del Municipio de Garzón (Huila). Hace un año tiene un “plante” de cadenas en acero que trajo de Medellín para trabajar. Se le puede ver transitando por el centro de Neiva en fechas especiales, brindando elementos característicos del día. Aunque las ventas cubren parte de sus gastos familiares comenta que muchas veces le toca buscar otras opciones para conseguir lo que le falta en el mes.

Cuando las ventas son buenas se gana alrededor de 200 mil y cuando son malas 100 mil. Asegura que el ambiente de trabajo en la zona es relativamente bueno ya que no se ven recelos, “cada quien se preocupa por lo suyo”, dice.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En un recorrido por la carrera 5 en inmediaciones del Almacen Yep se puede observar corta vidrios, pegantes, afilador y destornilladores que cuentan con veintitrés funciones para armar y desarmar; artefactos eléctricos y mecánicos así como herramientas para cortar vidrio, baldosa, manualidades y decoraciones. Todos estos elementos hacen parte de la oferta que expone Andrés Suarez oriundo de la ciudad de Ibagué y quien hace ocho años se gana la vida en la calle. Contar con familiares en la vecina nación de Venezuela le facilita la importación de esta clase de productos. En un principio sobrevivía de picadoras, productos para el hogar como encendedores eléctricos, decoradores de uñas, cuchillos para pelar, picar, tajar y rayar.

Se dedicó a este negocio por influencias familiares, por la dinámica que ha observado en las ventas y porque, según dice, “la calle es libre, cada quien tiene su puesto aunque este lugar no es de nadie”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inés Medina es otro claro ejemplo de esfuerzo del colombiano que labora en la informalidad. Desde hace catorce años obtiene sus ingresos con la venta de bolsos tejidos, propios del clima frío; situación paradójica en una ciudad donde la temperatura casi siempre supera los 30 grados centígrados. “Las ventas son muy escasas y no alcanza para subsistir entonces tiene uno que prestar plata y prácticamente trabajar para el gota a gota”, comenta la señora que a su edad tiene que vivir de la inestabilidad que representan sus ingresos: días en que no obtienen absolutamente nada y tiempos en los que puede ganar alrededor de 25 mil pesos.

La llegada de las populares y comerciales fiestas del San Pedro en la capital Opita, no motivan a doña Inés, pues asegura que en tiempos atrás, cuando los desfiles eran por la carrera 4, el comercio era muy bueno, ahora “muchas veces es mejor antes de la temporada que durante la temporada”.

Son muchas las miradas que se le han dado y se pueden dar al fenómeno de la informalidad, pero sobre todo son diversas las miradas que desde este “mundo” se proyectan y reclaman. Familias que por falta de una buena educación, trabajo y políticas públicas llegaron a hacer parte de la gruesa masa de colombianos que vieron en la calle la posibilidad para sobrevivir.