Por: Carlos Romero Artunduaga

 

El gusto por interpretar la existencia de otra manera venía con ella desde el Liceo Val, Colegio en el que curso sus primeros años de estudio, y del que sacó el mejor provecho de las pocas clases de artística que veía. Que se limitaban según ella al “Saque una hoja y pinte lo que quiera” por parte de los maestros, que para entonces no tenían la suficiente preparación.

Las vacaciones de fin de año significaban la oportunidad perfecta frente a esa realidad, y los libros ilustrados de su padre sobre los mitos y leyendas pertenecientes a los antiguos griegos, su mejor compañía, pues en sus ansias de aprender se dedicaba a buscar nuevas técnicas y a reproducir esas imágenes durante días enteros.

Margarita Rosa Gómez nació en Bogotá pero no recuerda haber vivido en esa ciudad así que se considera surcolombiana. Su vida en el Tolima la revive en el barrio Cádiz en la ciudad de Ibagué, junto a su madre, cinco hermanos todos profesionales y su padre, un campesino tolimense y médico veterinario de la segunda promoción de la Universidad Nacional.

En 1951 dos años antes del nacimiento de Margarita Rosa, el arte y la literatura empezaban a marcar nuevas etapas en la historia. Siendo así la retrospectiva, las superposiciones de espacio y tiempo y los elementos fantásticos los que romperían el lenguaje lineal de las historias, convirtiéndolas en narraciones de carácter social que más tarde evolucionarían al “realismo mágico” representado por García Márquez, Ana Matute, Cortázar, entre otros.

La situación social del país no era la mejor, nunca ha sido mejor afirma Margarita, aunque agradece no haber padecido la violencia de una manera directa. En esos años el artista era visto como un bohemio sin objetivos, que en el peor de los casos “se jodia de hambre”. Ese estigma resultó ser el primer inconveniente de Rosa, que al terminar su bachillerato dio a conocer sus deseos de ser una profesional del arte, aunque ya lo fuera.

-¡Fue un bombazo para la familia! Más para mi padre que me repetía que del arte nadie podía vivir, pero lo qué él no sabía era que yo estaba decidida a estudiar eso, o eso. Fue difícil. Una mañana me detuvo y me dijo, vaya y matricúlese en eso que quería, y ahí miramos como hacemos, claro está que la noche anterior le había dicho que entonces trabajaría en un almacén para toda la vida-.

Transcurría la década de los 60 cuando Margarita Rosa ingreso a la universidad del Tolima, recuerda ese suceso como uno de sus mejores impulsos. Su padre que era profesor de esa universidad empezó a enterarse de las habilidades de su hija a través de maestros que hablaban del buen rendimiento y nivel que ella tenía a la hora de pintar.

Allí conoció al hombre con el que más tarde se casaría, también conoció el boom de la marihuana, no en carne propia, pero fue testigo de los salones llenos de humo y del respeto que sus amigos le tenían, pues nunca se atrevieron a invitarla porque ella “no le jalaba a eso”, además con la hija del doctor Gómez nadie se metía.

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Ya casi era medio día del domingo y por una cortina se asoma una mujer que de inmediato abre la puerta y pregunta, ¿a quién busca?

La casa se encuentra bien oculta y su fachada es blancas, así que para el que no conozca de direcciones va a dar vueltas por el barrio la Orquídea en Neiva buscando algún gran letrero que diga “Taller de pintura” y llegará tarde a las cita de las 8 en punto. Una vez dentro, esas paredes blancas empiezan a dar forma, forma de bosques de colores, de mujeres de sueño con miradas profundas y muchas mariposas. La sutileza con la que se van a encontrar en cada cuadro apenas será el inicio de años de experiencia y lucha por el arte.

Luego una sonrisa les dará la bienvenida, como si estuvieran en casa. Una mujer alegre que inspira confianza los acogerá. Ella será Margarita que casi medio siglo después de haber iniciado su carrera como artista está dispuesta a compartirla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Han pasado varias horas de conversación en el taller. Margarita se levanta y da un par de indicaciones a su alumno que “ya anda solo”, sirve una taza de café, la segunda desde que llegó la visita, y continúa…

-Mi primera exposición formal se presentó en 1973…-

Para ese año Margarita Rosa ya había vendido o regalado todas sus obras de universidad. El éxito era inminente. Cuando decidió casarse todos le daban condolencias, pues creían que arruinaría su carrera, pero no fue así. Se casó y tuvo tres hijos, dos de los cuales hoy ya son profesionales y uno que seguramente lo será. Además tiene un nieto.

Con su esposo recorrió muchos lugares del Tolima y otras ciudades, al igual que su padre él también era médico veterinario y vivía de viaje la mayor parte del tiempo, pero eso no impedía que la artista siguiera pintando. Ella se considera una mujer libre, por la libertad es que ha luchado mediante sus pinturas y aunque su esposo fuera el complemento indicado, ella tenía historias que dibujar.

Hasta finales del 70 trabajo para el Instituto Tolimense de Cultura, el traslado de su esposo a la ciudad de Neiva marcaría el inicio de la segunda etapa en la vida de Rosa. Desde ese año Margarita ha vivido en el Huila, lugar al que le debe mucho de lo que hoy tiene, tanto así que refiriéndose al clima asegura que ya le da frio en el Tolima.

Cuando llegó a la capital del Huila hizo una serie de exposiciones en Ibagué, Bogotá, Armenia, Pereira, que empezaban a consagrarla entre los artistas como una mujer buena en lo que hacía. Debo aclarar que esto no llego solo, pues ella siempre supo referenciarse por los mejores.

El maestro Fano Satizabal que fue su director de grado, el maestro Alberto Calderón, César Belandia, Obregón, Botero, entre otros marcaron los referentes de la artista.

Antes de seis meses ya le habían hecho nombramiento en el Instituto de Cultura del Huila y dictaba cátedras en los municipios. En ese lugar trabajo alrededor de trece años y aprendió muchas cosas buenas, pero agradece sinceramente que la hayan despedido de ese lugar, pues el clientelismo y la ignorancia de algunas personas habían desviado el objetivo del trabajo en el Instituto.

-Fui víctima de un ignorante-.

Margarita Rosa ejecutaba varios proyectos en el departamento, uno de los más importantes era la creación de escuelas artísticas en La plata, Pitalito, Nataga, Garzón, Neiva, lugares que ya harían parte de la Universidad Surcolombiana si no hubiera caído en el desinterés de algunas personas que solo buscan el beneficio propio.

Ese señor de cuyo nombre Margarita no quiere acordarse, le dijo en alguna ocasión –Esos “programitas” que usted está desarrollando, cancélelos que ya no los vamos a sacar adelante-. Y le pidió la renuncia. Margarita no renunció generando que el señor hiciera un “pequeño” cambio estructural en el instituto, procediendo a eliminar el Cargo de Jefe del Departamento de Artes que desarrollaba Margarita. Fue un cambio pequeño, algo así como entrar a una empresa y eliminarle el cargo al tesorero.

Lo más paradójico sucedió tres años después de que eso hubiese pasado, cuando el mismo señor la llamó a decirle que retomara esos programas porque lo estaban investigando por ese hecho y que la imagen de él iba a quedar por el suelo. –Yo iba en el carro y cuando él me habló vía telefónica a decirme eso me detuve y luego de terminar la llamada dije: Viejo hijueputa! Creo que ha sido el momento de mi vida en el que más rabia he sentido-.

Desde que eso sucedió ha estado vinculada a la Universidad Surcolombiana, a la CUN, Antonio Nariño, a sus exposiciones y a sus pinturas.

La muerte de su esposo la hizo más fuerte desde el 94, año desde el que decidió no volver a tomar un solo trago y en el que repensó una vida no tan ligada a las oficinas. Es amante de la pedagogía pero cree que el maestro debe practicar lo que enseña y no cerrarse en el salón de clase.

Su última exposición se presentó en la biblioteca de Comfamiliar, en representación a los bellos municipios del Huila, ella y 20 artistas más del departamento retrataron esas culturas autóctonas de cada municipio. Margarita escogió Aipe para realizar su obra, pues ella y su esposo en sus últimos años de vida habían compartido en ese lugar y para ella es algo muy significativo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el cuadro se puede observar la iglesia significativa en el “pueblo”, de igual manera el folclor y las melodías se expresan en la pintura mediante notas musicales que se convierten en mariposas dándole el simbolismo de libertad; también la figura del torero que es muy importante para las personas que residen en Aipe.

Siente satisfacción de trabajar en la USCO y por haber visto el edificio de Arte, que creyó que nunca lo podría ver. El reto actual es trabajar fuertemente para que en la Universidad se puedan desarrollar la Artística integrada, música, arte visual, teatro danza etc. “Sería bueno pensar en una facultad de Artes”

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El alumno de Margarita ha terminado la obra, ella espera a otro grupo de personas que llegaran al taller en unos minutos. Luego de dar nuevamente apreciaciones se dispone a terminar un cuadro que tendrá como destino México.

Margarita tiene su taller hace muchos años y la práctica y experiencia hacen que termine una obra en dos o tres horas, además se acerca la temporada de San Pedro, para la cual hace cosas comerciales como vitrales y cajas decorativas. Aclara que lo hace por gusto y porque el artista también come y tiene familia, además estos recursos le permiten no desvalorizar sus pinturas y dejarlas en las exposiciones para que el público las disfrute hasta que un buen comprador aparezca.