Por: Juan Guillermo Osorio

Ricardo Sogamoso Llano nació en Dolores (Tolima), actualmente tiene 87 años de edad, la mitad de esos años los ha dedicado al oficio de la minería artesanal. Una labor que a simple vista es sencilla pero en la cual pone en juego diariamente su vida. A ella llegó casi que por accidente, y de cierta manera cree que el destino jugó sus cartas y lo puso allí.
Es un hombre de estatura baja, piel trigueña y rasgos orientales. Una de las víctimas del desplazamiento forzado a raíz del conflicto social y armado que vive el país: tuvo que dejar el departamento del Tolima donde cuidaba una finca y se dedicaba a oficios como sembrar, arar y recoger la cosecha, propios de la agricultura

Ahora pernocta al oriente de la ciudad de Neiva, en la zona denominada El Tomo en los límites finales del Barrio Las Palmas. Una zona veredal y marginal, donde es normal observar calles destapadas, casas construidas en tablas y bahareque sin alcantarillado. Su vivienda la construyó junto a su esposa Tulia Godoy a orillas del Río las Ceibas.

La situación no ha sido fácil para el señor Ricardo y los suyos. Pasó por situaciones difíciles hasta aquel día en que su primo Eduardo quien se dedicaba a fabricar piezas en oro le comento acerca de la minería y le regaló la primera batea. Desde entonces “minea” por los lados de “El Mico” como ha sido denominada la zona.
Todos los días con la pica al hombro, el balde, el cincel y su buena ponchada de agua de panela, emprende un recorrido de dos horas hasta el lugar de trabajo. “La gente mineaba bastante, yo observaba como algunos hombres de la zona tomaban rumbo a las minas del municipio de Ataco en el Tolima, me llamaba algo la atención pero nunca pensé que me dedicaría más adelante a minear”, comenta sin detener el paso.
En el Mico, se puede observar cómo la actividad va dejando huellas, hay una cantidad de túneles y hoyos, algunos de mayor profundidad que otros, que se extienden por debajo de la tierra, construidos por ellos con esfuerzo y dedicación. “Somos los topos Humanos” dice don Ricardo con una risa nerviosa al hacer la analogía con esta especie animal.
Lucha constante

El señor que tuvo que dejar las cosechas de la finca considera que es un verdadero esfuerzo estar en aquellos túneles. Su jornada de trabajo consiste en remover la tierra para llevarla en el balde hasta las orillas del río, donde la lava en una batea de madera en busca del preciado oro. Es sorprendente la agilidad con que maniobra la batea en la corriente del río teniendo solo una mano.
En la Zona de mineo el tiempo que gasta depende de que tan bueno este la situación, el cansancio físico y la necesidad que tengan por lograr sacar algo. “Hay días en que nos vamos blanqueados”, dice Don Ricardo.
Sus travesías en busca del apreciado material han llegado a durar hasta tres días. Aventurándose por trochas, mineando en las noches a la luz de la linterna o una veladora. El maíz cocido y agua de panela, se convierten en su alimento para poder volver a casa con un botín, por el cual obtienen alrededor de 70 mil pesos, o simplemente para regresar con las manos vacías.
No todo es tan brillante como parece, no todo lo que brilla es oro en la vida de este hombre. Aun así, a pesar de su edad y las dificultades que tiene para seguir realizando estas actividades, siente un cariño frente a la minería: “me ha ayudado con mi sustento, disfruto mineando. Yo que creo que el día en que no lo pueda hacer hasta allí llegó”.