Por: Solano Patiño
Oscar Campo: director, profesor universitario, comunicador social, amante literario, guionista, amigo de los difuntos Carlos Mayolo Andrés Caicedo, de Luis Ospina, promotor junto con ellos del grupo de Cali o Caliwood y personaje valluno poco nombrado en la trayectoria de la experiencia cinematográfica de nuestro país, es el artífice (junto con Fercho “la larva” córdoba, personaje/leyenda de la convulsiva realidad contemporánea caleña) del monologo con aires de falso documental que pretendo comentar en este intento de crítica.
Antes que todo, quisiera aclarar que esto que van a leer simplemente se trata de una mirada muy personal de mi experiencia con este film, sujeta quizás, de mis imaginarios ante el mundo y su realidad tácita o simplemente a influjos de los láudanos ocasionales en mi cotidiana vida. El proyecto del diablo, se configura en mi opinión, como una metáfora audiovisual perfecta de las distintas posibilidades que puede arrojar nuestra historia colombiana, la experiencia generacional en medio de esas circunstancias y la posible explicación distópica de la realidad cruel que expresa. Esto se encarna en el relato del cáncer del 56, (como suele reconocerse) o la liendra, o satanás (como le llamaban en la juventud), un personaje ¿ficticio? que experimenta distintas situaciones que son totalmente cuerdas en el sentido de leerlas como una yuxtaposición coherente a los posibles productos sociales de la sucia realidad de muerte, decadencia, no futuro y soledad que ha construido nuestra historia contemporánea.
Todo empieza en la sucesión de cuadros oníricos sureales de un recorte de periódico con forma de hombre que se pudre en un charco sucio y verdoso; el poseedor de dicha identidad, despierta del sueño confesando que lloró después de ver a su madre hablándole en medio de la soledad del rededor, el cual, no es otro que kilómetros y kilómetros de un basurero. Todo, es una excusa para empezar a reflexionar sobre sí mismo, sobre su historia, que se enrola muy bien con el origen de la violencia en Colombia y con su eventual y desastroso desarrollo, el primer hilo conductor hacia esto, se expresa en el relato de su nacimiento, ya que este se da en medio de una de las anécdotas más destacables en ese torbellino de crueldad y miseria que es nuestra historia más reciente, me refiero al famoso bombazo del 56 en la ciudad de Cali, donde 12 camiones repletos de dinamita estallan misteriosamente en uno de los barrios más populares de la ciudad; las versiones del hecho van desde un mero y simpático accidente, hasta la de un hecho premeditado con la intención oscura de “borrar a esa gente del campo, (desplazada por la creciente violencia a las “repúblicas independientes”) gente de sangre negra, gente sucia, ajena a toda arte a no ser la del machete y la bala”. Pero más allá de eso, su historia en general está ligada constantemente a todos los arquetipos circunstanciales que arroja la cultura de la muerte en Colombia: sicariato, narcotráfico, drogadicción, decadencia, maldad; pero también, nos muestra el desencanto por todo esto y la clara banalidad de todo.
La formación de la liendra (prefiero llamarlo así) es el vivo reflejo del constructo social de la realidad que insinúo en los párrafos anteriores, su interacción inicial con el mundo contemporáneo del siglo XX en el Santa Librada de Cali, da muestra de la inquietud de rebeldía que circundaba a las generaciones latinoamericanas de la década de los 60: su fijación por la ciencia, los temas sociales, la baretica, The Rollins Stones, Hermann Hesse, vargas llosa, los hongos, Hendrix, Joplin, las pandillas juveniles y la violencia temprana, orquestan esta etapa de su vida, esto se extendió como alfombra roja a las ideas de quererse divertir como el buen chico Alex a lo más naranja mecánica, pateando los culos blandos de maricas, mamertos y cristianos y a la vez un intento desesperado por patear el mundo, en otras palabras, un intento de protesta instintivo al mejor estilo de un Raskolnikov en un tiempo perdido; luego viene la experiencia universitaria con Bukowski, Baudelaire, Sartre, Navokov, Foucault, los antros oscuros y las putas, bollo negro, caliche angustias, el toxico, el psicótico y el resto de la versión rockanrollera de anarquistas que lo acompañaban y cuya única sinfonía era la del tropel, la papa bomba y los explosivos molotov que les preparaba la lindera.
En su parlería solitaria frente a la cámara intermediado por escenas surrealistas, nos habla también de la vorágine de decadencia que experimenta cuando hace el pacto con el diablo en medio del fondo de los fondos. Esto le roba los halagos del maldito, quien le felicita por nunca venderse a ninguna fórmula (familia, poder, militancia) y le convence de la pasión de “enmendar la realidad que lo mata” por medio de desarrollar la idea de destruirlo todo para cambiar y crearlo todo de nuevo, dar luz a ese hombre nuevo, libre de las leyes morales del pasado; el camino para hacer realidad esta quijotesca entelequia es la contaminación masiva con perico, es aquí, cuando nuestro antihéroe/metáfora representa una ficción terrorífica de la decadencia social que nos carcome a lo largo de nuestra historia, un intento sin tapujos del maestro Campo de reflejarnos nuestra propia cara. Para alimento de esa ficción terrorífica, la liendra habla de: La Hermandad voluntaria de las ciudades de la noche roja, logia medio satánica, encargada de cambiar el mundo según las disposiciones del maldito y de armar la guerra con las armas que construían en las selvas del Darién, nos dice a manera de postre que todos lo que estaba allí tenían el virus b-23 o el virus de la mutación biológica, que “causa frenesí sexual y la muerte en convulsiones eróticas”, en mi opinión el lado más oscuro de los paracos. “Cansado de tanta mierda libertaria y mariconeria satánica” se va en busca del sueño americano pero termina traficando coca para luego ser reo por doce años en distintas prisiones gringas, el lector agudo ya se imaginará que tipo de realidad nos describe en esta etapa final de su monologo, sólo me atreveré a mencionar sus seudónimos impuestos: Capitán peligro y Lucky Luciano.
A su regreso a Cali, en pleno ocaso del siglo XX, se da cuenta que todo sigue igual, tal cual cómo lo planearon los “grandes cerebros de su generación”, se roba y se mata en función del progreso, en palabras de la liendra: “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones” porque “lo pujante y lo reluciente es lo que mejor se congratula con la mierda”
Para concluir, quisiera expresar que todo esto, es decir, todo lo que se muestra en El Proyecto del Diablo, es la versión de vida de un hombre muerto que nos habla de ultratumba, fue exhibida en el 2001, un mensaje claro de cómo empieza y como va este siglo ¿el siglo de la no esperanza?
El Proyecto del Diablo from OSCAR CAMPO on Vimeo.