Recoger latas que los neivanos arrojan durante las fiestas de San Pedro parece tener una doble significación: contribuye al aseo de la ciudad y funciona como fuente de ingresos a innumerables personas. Y si vivir a costa de la falta de cultura ciudadana en Neiva tiene sus ventajas sobre todo en éstas épocas, dicha labor resulta un claro ejemplo de ello.

Las personas ríen, gritan, cantan y bailan. Es ese el panorama general de un desfile de San Pedro. Pero más allá, debajo de las graderías de los palcos, junto a los árboles que sirven de refugio a niños y niñas, en medio de los andenes que agrupan la mugre del tránsito y la algarabía humanas, hombres, mujeres y niños con enormes costales están a la espera de ver una lata de cerveza en el piso para recogerla. Objetos que les darán un monto económico estimado por los que junten al finalizar el mes de junio, ó por lo menos las festividades folclóricas.

En el desfile de las reinas al certamen departamental, a Orselina Lozano la policía se llevó a su hija de doce años por recoger latas. Orselina también se ocupa de recolectar lo que algunos neivanos arrojan al suelo. Junta en el costal alrededor de cinco o seis kilos de lata por desfile, los cuales vende en las chatarrerías a dos mil pesos cada uno, para una totalidad de 10 ó 12 mil pesos aproximadamente. Nunca se había arriesgado, pero este año decidió hacerlo por primera vez para ganar algunos pesos extras y por hacer algo que la sacara de su vivienda en el barrio Panorama de la comuna ocho de Neiva. Curiosamente a Orselina no le gusta el San Pedro, pues hace parte de una religión que le hace ver estas prácticas como “malas y mundanas”. Para el desfile de chivas, no quería salir, pero su hija la convenció y finalmente se distribuyeron espacios donde cada una tomó un camino diferente; frente al monumento La Gaitana, Orselina la espera siempre ansiosa para mostrar entre ellas lo que han recogido en la jornada.

 

Jaime Mora se ríe cuando alguien le dice que si no fuera por la “suciedad” de los neivanos, él no ganaría algunos pesos. Al contrario de Orselina, trabaja solo y suele juntar por desfile alrededor de diez kilos de latas; algunas personas se acercan y las arrojan en su costal, otras, aun cuando ven a Jaime en frente de sus ojos, las lanzan al suelo sin ningún pudor. Para Jaime el San Pedro significa mucho más que una época que aprovecha para abonar a sus ingresos económicos. Las festividades las considera alegría y folclor. “Reúno las latas al mes y eso me da por ahí unos 80 mil pesos, aunque a veces termino con 150 o 160 mil pesos”, comenta mientras pisa con el pie una lata para aplanarla con fuerza.

 

A este ritmo trabajan también niños. Cerca a la Universidad Cooperativa, dos pequeños cargan un costal enorme con latas aprisionadas; al parecer está pesado, dada la forma que lo sostienen entre los dos. Johan Estiven y Andrés son primos y al igual que los demás recogedores, sólo buscan ganar dinero con la labor. Dicen que sus padres son profesionales y que los dejan rebuscarse algo de dinero. “Sólo queremos tener plata”, dice Johan. Mientras tanto, Andrés patea un par de ellas como si fueran un balón y luego las recoge. Necesitan irse y caminan presurosos a buscar más.

Debajo de un palco, Alberto, un hombre moreno, sin camisa, pantalonetas raídas y cabello despeinado, se encorva para alcanzar una lata de cerveza Águila que alguien, por descuido o desaseo ha arrojado desde lo alto de una gradería. "Yo le respondo lo que usted me pregunte si me da algo para comer", dice. Hace nueve años es recogedor de basura y al Huila llegó hace tres. Vive en el barrio Las Palmas y no tuvo otra alternativa que reciclar luego que saliera de la cárcel donde estuvo privado de su libertad durante cuatro años. Un billete es dado a Alberto y él, en señal de agradecimiento se lo lleva al pecho. En medio del tumulto que ha dejado el final del desfile de chivas, sigue presuroso su camino con la suerte de alcanzar otra lata que su mirada encuentre.