Este remoto puerto del pacífico ubicado en el departamento del Valle y que cuenta con altos índices de pobreza, poco acceso a la educación y sistemas de salud precarios, se mantiene como zona clave para el comercio y la industria del país.

Suregion.com.co presenta los testimonios de dos huilenses que han vivido en carne propia la situación de esta región de la costa pacífica. Un joven universitario y otro, soldado de la Armada Nacional, darán desde sus experiencias, dos miradas alternas sobre una de las ciudades portuarias más importantes de Colombia.

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Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro.
No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas.
El mar estaba en todas partes.
El mar era la madre.
La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna.
Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era
pensamiento y memoria.

Cosmología Kogui

 

Rodrigo Escobar*
26 años, universitario.
Neiva, Huila

En el año 2010 empecé a llegar al puerto para desarrollar un trabajo comunitario. En Buenaventura casi toda la población es afro (…) El comercio está manejado en su mayoría por paisas, como ellos les dicen: los blancos. Eso es otra cosa que lo choca a uno. Todo el que no es negro entonces es paisa o es indio.

Buenaventura es una sola avenida principal por donde entra toda la mercancía. Los barrios quedan como alrededor de esa avenida; es una zona donde se maneja el comercio pero también es un punto de entrada para el narcotráfico. Entonces era común ver hacía dos años una guerra entre el grupo paramilitar los Rastrojos, que eran los que tenían el control del puerto, con la guerrilla FARC sobre todo, y en últimas ganaron Los rastrojos. Esa disputa se empieza a dar, según lo que me contaba la gente, aproximadamente cinco años atrás. Lo que está pasando en Buenaventura no es nuevo.

Lo que pasa es que en el 2012 más o menos hubo una especie de amnistía donde no se permitió visibilizar esa violencia tan fuerte, el control territorial urbano quedó en manos de los paramilitares y el de los ríos y el campo por parte de la guerrilla. Por eso se sentía como una cierta paz dentro del puerto que duró aproximadamente entre año o año y medio (…) luego empezaría una nueva disputa con los Urabeños, una estructura paramilitar organizada mucho más fuerte que los Rastrojos. Incluso se habla de la protección por parte de las fuerzas militares a los Urabeños con tal de sacar a los Rastrojos de la zona, y no sólo allí sino a nivel nacional. Lo que quedó de los Rastrojos es lo que se conoce hoy como la Empresa, que es el bando que actualmente se disputa la zona con los Urabeños.

La manera para poder generar un control ha sido llegar a los barrios con hombres fuertemente armados y reclutar pequeñas pandillas que se han organizado por robos o cosas así y sino se articulan los acaban; los que han desobedecido pues el castigo ha sido llevarlos a estas casas de pique donde los torturan y descuartizan. Lo hacen en los barrios de bajamar, que son pegados al mar, estructuras muy pobres que facilita que cuando sube la marea se lleve todo, incluyendo los restos de las personas que han picado en estas casas. Antes que llegara todo el espectáculo militar que brindó el Gobierno de que ahora sí iba a controlar Buenaventura ya había un control territorial y militar, que no era del ejército propiamente, sino de los paramilitares urabeños. Ese control, por ejemplo, se percibe en que la gente sabe que después de las seis de la tarde es mejor no salir a las calles.

Mi vivencia en Buenaventura era una cuestión de zozobra pues uno se estrella directamente con el conflicto. Una vez estaba cenando con un compañero de la comunidad cuando pasaron dos tipos sobre una moto y otros dos detrás “dándose plomo” uno con el otro; ya las personas pasan como normal esa situación. Entonces uno vivía más pendiente y las comunidades muy prevenidas tratando de ayudar a las personas que llegaban a la zona a trabajar en cierto tipo de procesos.

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Dentro del puerto es muy fácil que la gente identifique personas. No es que “él es tal persona, él hace parte de esto, de lo otro”, no, pero te lo dicen bajo cuerda. Igual, ellos se mueven como pedro por su casa, sin problemas (…) Toda persona que llegue al puerto y más a un barrio donde hay conflicto lo indagan, quién lo referencia, de dónde viene y cuál es el tipo de trabajo que hace. Las comunidades también se cuidan mucho en eso porque tienen familias vinculadas al conflicto. Había familias integradas por guerrilleros, miembros del ejército y paramilitares. Entonces uno deduce que allá la cuestión es de sobrevivencia en un territorio. Cuando hablo de eso me refiero a que no hay salidas laborales; hay muy pocas oportunidades de educación, entonces eso los hace muy flexibles a acabar en alguno de los bandos en disputa. El gobierno cree que con militarizar el puerto se va a solucionar el problema y eso no es así. Se necesita algo que resuelva los problemas de fondo. Casi el 80% de la población está formada por afros e indígenas; minorías étnicas que viven en unas condiciones paupérrimas.

El pasado histórico y cultural de Buenaventura se ha ido permeando por la mafia. Al chico que antes le gustaba tocar marimba y estar pendiente de su comunidad, ahora está pendiente de qué marca son sus tenis, qué camiseta Nike o Fila tiene puesta, cuantas cadenas o anillos de oro puede colgarse, lo cual ha generado una ruptura de identidad.

Más que ver a Buenaventura como una gran problemática en ese orden, la cuestión es que las condiciones en educación son muy precarias, peor que en el resto del país, la salud es horrible, a la gente la atienden en el piso, las citas médicas duran tres meses para ser asignadas. Si es una cita médica normal, pues imagínate como es con un especialista. Entonces son ese tipo de situaciones que uno sabe que no se van a solucionar con el sólo hecho de militarizar el puerto.

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Esteban Marín*
19 años, soldado de la Armada Nacional
Neiva, Huila

Donde yo estoy se le dice La Playita y es parecido al Chocó. Todas las casas en Buenaventura son “casitas” feas, de tablas de madera; las calles es lo único bueno que tiene, porque sí son medio pavimentadas. Las personas se dedican a sacar madera y a pescar. Los que viven en los caseríos aledaños pues en la minería ilegal.

¿Usted si ha pillado esos lugares donde uno va y los peladitos se le tiran a uno encima? Allá no, allá el peladito más chinche hasta el más viejo lo mira a uno mal, como con ganas de asesinarlo, algo parecido (risas). A la mayoría de ellos desde pequeños les pagan, o sea se venden por un plato de comida a las bandas -La empresa y los Urabeños- que son los que comandan allá la parada ahora. Guerrilla casi no hay, la hemos buscado hasta 200 kilómetros más allá de Buenaventura y no hemos encontrado. Policías si hay, como en toda ciudad sino que si a nosotros no nos quieren pues a los policías menos (risas). Entonces ellos a todos lados no se meten. Nosotros sí somos los que nos metemos donde sea pero toca en camiones blindados, en los vehículos de la Armada. Toda la ciudad ha estado militarizada en estos últimos días por esto de las casas donde pican a la gente y las lanzan al mar. Uno ve los pedazos en el mar, cuando se ve la marea.

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Allá todos esos negros son visajosos, picados. Por lo general siempre quieren dárselas y son consumistas; andan en severas camionetas, en motos grandes y hasta con los juguetes: claro, son armas de corto alcance como pistolas. Sin embargo, hay demasiada gente pobre.

Los de las bandas casi siempre andan en “manaditas”, en combitos y se parchan en las esquinas. Pues imagínese que una vez se voló un “mansito” y estaban… ¿Cómo es que se llaman estos manes? los de la SIJIN, un grupo especial de la infantería de marina que se llama La Meteoro y la patrulla de nosotros. Imagínese, estaba todo ese reguero de fuerza y se les voló (risas). El man les disparó pero nada, como allá con tal de que no los cojan ellos mismos apoyan esa vuelta, la misma gente los esconde. Por las ventanas, por los segundos pisos les disparan a uno. Claro, hay que tener fijado el objetivo para poder reaccionar o sino no se puede hacer nada. Tampoco me voy a poner a disparar porque sí. La gente ayuda para que las capturas no se hagan, las esconden en las casas, así. Y como saben que uno no puede entrar sin orden de allanamiento ni nada.

El puerto funciona normal. Usted va ahora a Buenaventura y lo primero que va a ver son militares. Yo creería que el 80% de la gente de Buenaventura es muy pobre. Es mucha, mucha gente, o sea la gente vive con lo del día, así. Hay mucha prostitución. Claro, hay mujeres que por un plato de comida se venden y como allá la gente aguanta hambre. No son muy religiosos, allá se ve más bien la brujería, no hay tanto catolicismo sino religiones como pentecostales, cristianas y así. Hay muchos pueblitos aledaños donde se cultiva la coca de Buenaventura entonces toca estar pendiente de eso. La vez pasada perseguimos a diez “mansitos” que los habían visto pasando droga armados. No los cogimos porque se las cantaron antes de que llegáramos, entonces ya se habían ido.

Nunca he visto gente de Derechos Humanos ni nada de eso; ahora último pues por lo de las campañas presidenciales, pero nada más. La mayoría de la gente apoya las bandas. En la ciudad creo que hay un frente que se llama Libardo García, es como una milicia guerrillera que anda en la ciudad, pero la mayoría de guerrilleros están en el monte. Desde que estoy allí yo siento que las cosas van como de mal en peor. Puede que cojan a uno o maten el otro, mientras que la pobreza siga, es difícil que todo eso se acabe.

*Por seguridad, los nombres han sido cambiados.

 

Fotografía: New York Times