Por: ANDRES CAPERA LOMBO
Economista
¿Será que nos encontramos ante un grupo de personas altruistas que DEBEN mantener, por neto amor a una tradición cultural, “por qué somos un país cafetero como Juan Valdez y conchita”. Sin importar que este grupo de personas produzca el preciado grano a perdidas, sin que el gobierno y la institución que los represente hagan algo para mejorar su bienestar; cuanta más miseria y pobreza debe haber en el campo colombiano para que los padres de la patria decidan ver hacia esta parte de la economía colombiana?
Y más paradójico es cuanta más indiferencia social por parte de los colombianos hay que tener ante esta posible eliminación de la cultura cafetera. Ya que en toda, o por lo menos en una gran mayoría de las familias colombianas, hay un miembro dedicado a la producción del grano o a un oficio relacionado con esta actividad. ¿O acaso cree usted que el café que todas las mañanas nos tomamos, en casa o en la oficina, o el que nos ofrecen las decenas de vendedores callejeros en termos por unos módicos 500 pesos, se produce de una manera natural como en los inicios del café cuando unos monjes lo encontraron de manera silvestre… pues no, la producción que no es fácil y rápida, implica sudor, y por estos días, también lágrimas. ¿O ustedes creen que despertarse en las mañanas a consentir los arbustos de café es algo solamente cultural?
Pues no. El café es un producto que requiere un alto grado de compromiso y sacrificio por parte del caficultor, desde la adecuación del terreno, instalación de germinadores para obtener las plántulas que el campesino llama “chapolas”, embolsado de tierra para sembrarlas y así obtener los semilleros, para luego de unos meses iniciar el proceso de siembra de las bolsas con las plantas en el terreno definitivo, y a esperar………….mágicamente que en unos días se recoge el café y listo. Debo decir que no es así. A partir de este momento hay que esperar dos años para la primera cosecha, pero durante este periodo hay que limpiar el café de malezas, abonarlo para un óptimo crecimiento, fumigarlo contra las plagas como broca y roya, entre otras. Y este proceso hay que realizarlo dos veces al año, como mínimo. Luego cuando han pasado los dos años, y el tan esperado momento ha llegado (la cosecha), hay que contratar personal para el proceso de recolección, despulpado, lavado, secado, para realizar el proceso de venta. Actividad esta, que enfrenta un sin número de dificultades, máxime si se pretende salir al mercado nacional e internacional como símbolo de exportación e identidad de un pueblo.
Pero qué sucede con el precio del café al momento de la venta a la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia? Pues pese a que este campesino está agremiado y tiene cédula cafetera como la mayoría de caficultores, se enfrenta a unos $510.000 por carga de 125 kilos.
Entonces él se pregunta: ¿por qué ese precio tan bajo? Y su cooperativa le responde: es fácil, el precio del café en el mercado internacional está a la baja, el precio del dólar está a la baja, y fuera de eso, hay mucha competencia con cafés de otros países que lo producen en cantidad pero con una menor calidad. – “por qué tenemos el mejor café del mundo, somos productores número uno en cafés especiales” – Pero no sufra, le responde el comprador de café y representante de la dichosa entidad. El gobierno le proporcionará un subsidio por un valor de $60.000 por carga, pues esta administración está preocupada por ustedes, es por ello que el último año entregó subsidios por un billón de pesos al gremio, algo nunca visto en el país.
El caficultor con el pago que le hizo la cooperativa, incluido “el subsidio”, sale a cancelarle a los trabajadores, paga en el almacén de abarrotes el mercado que adeudaba, como le sucede a casi todos los caficultores de colombia, y en la tarde regresa a su finca, cansado, perdido en sus divagaciones sobre a quién le quedó debiendo, porque este año “la cosecha no fue como en años anteriores, debido al precio tan bajo”. Pero qué pasa en este momento por la mente del caficultor, al ver que tanto esfuerzo y sacrificio no dio los frutos económicos que esperaba, más aún, cuando sabe que tiene que empezar nuevamente a fumigar, limpiar, abonar, estudiar el suelo, hacer el Re Re para evitar la propagación de la broca, y a pensar de que los precios de los insumos son cada día más elevados.
¿Qué opción tienen los caficultores ante este panorama tan desalentador e incierto? Será que la locomotora del agro no incluyó el café y entonces se ven obligados a arrojarse a las vías, esperando ser arrollados por la locomotora de la minería que tiene más vagones y mucho más peso, aunque este sea un sector sin sostenibilidad y sin ningún arraigo ambiental, cultural e histórico para el país?
Entonces, ¿es ilegal salir a las calles a protestar y pedirle al gobierno que tome medidas de fondo ante este fenómeno económico que está sumiendo en la pobreza y en la quiebra financiera a una gran parte de la sociedad colombiana? O acaso es como dice el gobierno: que las ayudas se están dando, que los campesinos no quieren ir a la mesa de negociación, que esas protestas son impulsadas por la oposición. O más graves aún, como se ha descrito en algunos círculos, que en el Huila y en el Cauca, esta propuesta, en su mayoría, está siendo impulsada o propiciada por las FARC y que, por lo tanto, hay que desplegar 15.000 efectivos de la policía para impedir desordenes, como si se tratara de individuos de alta peligrosidad para la sociedad. Cuando en realidad, son los campesinos caficultores que todos los días trabajan con mucha dedicación (y sabiduría), para que nosotros en las ciudades, departamentos y regiones podamos saborear una deliciosa y aromatizada taza de café.
Entonces, surge aquí la pregunta : ¿DÓNDE ESTÁ JUAN VALDEZ Y SU MULA CONCHITA? Y creo que la respuesta seria: en alguna parte de Colombia o del mundo representando al café colombiano. Pues en las calles de nuestro país, junto a los campesinos que producen el grano a pérdidas; que enfrentan problemas de orden público en sus municipios; que enfrentan las variantes climáticas, propias de un país tropical que se debate entre el fenómeno del niño y la niña (unos meses mucha lluvia haciendo que las flores de los cafetos se caigan y, por ende, los tan preciados frutos rojos nunca se vean; y otros, temporadas de calor que provocan la caída de las hojas); que enfrentan plagas y baja calidad de los suelos, legado propio de una rica historia de monocultivos cafeteros; además de los obstáculos que imponen los grupos armados al margen de la ley. En fin, como vemos al lado de estos colombianos, Juan Valdez y Conchita no están.
Lo más cercano a Juan Valdez y a su mula Conchita, es el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, Luís Genaro Muñoz, el cual parece estar defendiendo más a los grandes productores y al gobierno de turno, que a los pequeños caficultores que son los que están en las calles de Colombia protestando, ¿será que nos vemos ante otra reforma (la del sector cafetero) en este gobierno de características reformistas?
De todo esto algo bueno podríamos mencionar. Esta crisis parió algo insólito para el país: ver al senador Robledo y al ex-presidente Uribe (la centro izquierda y la centro-derecha) unidos en una causa común: apoyando el paro cafetero, lo que impulsa a afirmar, que si dos polos opuestos convergen en un punto común, es porque existen afinidades. Es decir, los caficultores colombianos tienen la razón.
El sector cafetero ha tenido que lidiar con grandes adversidades y unos cambios estructurales muy significativos. El principal cambio estructural en el manejo de la política cafetera mundial se dio en 1989 con el abandono de las cuotas establecidas bajo el Convenio Internacional del Café. Otro de los cambios estructurales sucedidos, fue la aparición de nuevos y muy agresivos competidores en la producción de café verde, en donde el cambio climático pudo haber sido un fenómeno que incidió en la producción. En el mercado internacional del café, se ha presentado también un cambio en los gustos del grano. De hecho, en los Estados Unidos, se ha desarrollado un mercado “élite” de cafés de alta calidad que exigen un producto diferenciado; también se demandan cafés orgánicos y productos de calidad y eficiencia en su preparación. En otras regiones del mundo se demandan son cafés de menor costo. Es así, como se debe proveer al mercado con todo tipo de cafés. En cuanto a los cambios estructurales en el país, sorprende encontrar, al analizar las cifras de las últimas décadas, el cambio ocurrido en la geografía cafetera colombiana, donde ya el cultivo se viene transfiriendo hacia el sur y ahora con el cambio climático, tendrá que moverse hacia franjas superiores de altura sobre el nivel del mar. Otro cambio ha sido en las enfermedades del cultivo. A principios de los noventa, si acaso se hablaba de la roya, pero no se escuchaba de la broca, ni cómo ésta podía afectar al cultivo de café.
En conclusión, hay que decir, además, que se ha dado una reorganización en la comercialización y desregulación; y, sobre todo, se encuentra que el café ha perdido importancia dentro de la economía colombiana. Lo anterior exige que se tenga que modernizar la institucionalidad cafetera. Es triste y aterrador, cómo en el curso de los años, Colombia desciende del tercero al cuarto lugar como productor mundial, detrás de países como Brasil, Vietnam, e Indonesia. Todas estas adversidades ha tenido que enfrentar el sector cafetero, y aun así, ha sobrevivido. ¿O será que el gobierno nacional logrará, a punta de lacrimógenos, acabar con la cultura cafetera? Ojalá, por lo menos, Conchita respondiera que NO.
Nota:
En la actualidad unas 500.000 familias cultivan café en 900.000 hectáreas de varias regiones del país. En el 2012, Colombia ocupó el cuarto puesto en la producción mundial de café con 8.000 sacos, por detrás de Brasil (50.826), Vietnam (22.000) e Indonesia (10.950).
Juan Manuel Santos Calderón representó a la Federación Nacional de Cafeteros ante la Organización Internacional del Café, con sede en Londres, durante nueve años.