
Casi el 90% de las vías que conforman la zona de la cuenca hidrográfica del río Las Ceibas se encuentran en mal estado. Así, continúa siendo el ecosistema hídrico más importante de Neiva. Paisajes y topografía variados, pequeños afluentes y nacederos de agua presentes a lo largo del camino y comunidades unidas para su conservación, son los valores de esta región que permite que los neivanos se abastezcan de agua para sobrevivir.
No sólo el flagelo de las petroleras ha causado malestar a los habitantes de la cuenca. Otras percepciones y miradas se cruzan allí.
Transitando el sendero
En el oriente de Neiva, donde se observan numerosos condominios y casas campestres, una vía pavimentada avista el primer tramo de la cuenca: su parte baja. La ruta es llevadera hasta un punto específico. La primera parte de la zona, que es objeto de la posible intervención de la petrolera Alange Energy Corp, está presente a menos de 15 minutos del casco urbano del municipio de Neiva. Es bosque seco tropical, según las características del suelo y la vegetación. (Lea: La multinacional que tiene jaque a Neiva)
La vista es clara y el contraste que a continuación se percibe, notorio. “¿Ve la vegetación? Acá empieza la cuenca, más adelante se dará cuenta de los demás relieves”, me dice Mario Escobar, corregidor de Las Ceibas.
La primera vereda visitada es Centro Norte. Allí, accedemos a una extensa vivienda que reúne pollos, gatos, perros y una mesa llena de tamales para vender. Dos ancianos, una señora y una joven mujer están presentes allí. La finca es tranquila y al atravesar un zaguán oscuro y solitario se perfila el horizonte.

Las instalaciones de una trilladora de material de arrastre pueden verse desde ahí. Por mucho tiempo, éstas actividades han ocasionado impactos ambientales siendo denunciadas por habitantes y dadas a conocer a través de algunos medios de comunicación locales. (Lea: Minería sobre el río Las Ceibas, un debate que sigue en vilo). Al salir del lugar, el trayecto continúa a través de la vía pavimentada. A lo lejos, Cerro Neiva se observa pequeño.
Kilómetros más adelante, un punto en el estado de la vía divide “lo pavimentado de lo destapado”. Es el momento en el que piedras, arena y mucho polvo conforman el tramo que se empieza a extender. Cambia el panorama. Poca señalización y pendientes escarpadas rodean los costados de la carretera. Es la ruta que lleva al corregimiento de Vegalarga en el Huila y a la inspección de Balsillas en Caquetá, la cual estuvo dominada por la guerrilla de las FARC en cabeza de la columna móvil Teófilo Forero durante la zona de distensión a inicios de los años 2000. Tiempo después, la delincuencia común hizo mella en el camino realizando atracos y asesinatos colectivos a quienes se oponían al acecho de los grupos delictivos. Chivas y vehículos eran interceptados constantemente. Ahora, la carretera, aunque desolada y sin las garras del conflicto atrapandola, sigue cargando el estigma de zona roja. “Un muchacho que recién había terminado de prestar servicio militar, pasó con su papá y los interceptaron; el muchacho estaba armado y le disparó a los cabecillas del grupo; eso fue hace años”, comenta Mario cuando pregunto sobre el posible fin de esas acciones.
El cruce Vegalarga- Balsillas se avizora en el recorrido. El ascenso en la cuenca continúa y los caminos planos siguen entrelazándose con pendientes. La vegetación cobra otra naturaleza y el bosque seco tropical adquiere una fuerza diferente. Después de la vereda Centro Norte, se arriba a la vereda Ceibas Afuera y parte del sector Platanillal, situadas todavía en la parte baja.
Al tomar por fin la vía que lleva a la inspección de Balsillas, aparece el puente que conserva el afluente que surte la bocatoma El Guayabo, localizada a 11 kilómetros de Neiva, la cual desciende de la quebrada el Bartolo, una de las cuatro microcuencas de Las Ceibas ubicada en la parte alta, en la vereda San Bartolo, continuando su cauce hasta la planta de tratamiento El Recreo, o bocatoma Las Palmas, abastecedora del líquido vital a las comunas 2,3 y 10 de la ciudad.

Cuando el abandono crea incertidumbres
Miguel Sanmiguel es el presidente de la Junta de Acción Comunal de Platanillal y miembro del Comité de Cacaoteros del Huila. Para entrar a Las Nieves, lugar donde reside, hay que cruzar un portón rojo mediano y después avanzar unos quince metros aproximadamente hasta llegar a la puerta de su vivienda.
Don Miguel expone una de tantas problemáticas latentes que a su vez están presentes en los campesinos del resto del país. Él, como buen cultivador de cacao reconoce desde su experiencia que la falencia principal radica en la poca inversión que le ha hecho el municipio a la zona durante los últimos años. A partir de aquí, dos aspectos se desligan: la ausencia de estudios de suelos que permitan definir elementos claves para la labranza y la renovación de técnicas artesanales de cultivo que contribuyan en mayor medida al sostenimiento ambiental.
“En el caso del Huila, los cacaoteros no realizan ningún estudio de suelos, porque el costo de estos es alto; oscila entre 130 y 140 mil pesos”. Por otro lado, “no es acabar las técnicas de cultivo, es actualizarlas por otras que den mayor producción, clones certificados y fácil manejo”, manifiesta.
Finalmente, recalca que por parte del municipio no hay inversión. “Desde el POMCH sí ha habido, pero es que acá el municipio no llega nunca, nos tienen ahí, a la deriva y abandonados”, expresa.

Al costado derecho de Las Nieves, se alcanza a observar un paisaje majestuoso. Aunque algunas montañas se ven deforestadas, otras se alzan imponentes con árboles tupidos. Una profunda hondonada se dibuja dividiendo Ceibas Afuera de Platanillal. Abajo, a muchos metros de profundidad, el río Las Ceibas transcurre silencioso.


Desde la carretera se avizora el relieve que guarda la vereda Los Cauchos, famosa por ser la que guarda a la comunidad que se negó a aceptar las reglas del proyecto de exploración petrolífera de la multinacional Alange Energy Corp en mayo del año pasado.
Bioingeniería y Reservas Naturales de la Sociedad Civil
Y el camino sigue. El verde es constante, los hilos de polvo que dejan los carros que pasan a grandes velocidades enceguecen la vista y las piedras que sobresalen en la vía, si no se esquivan con cuidado, pueden causar estragos. Hay montañas a lo lejos con marcas de derrumbes; no hay mayor evidencia para entender que efectivamente la zona es geológicamente inestable y que una intervención de exploración sísmica puede agudizar más dicha inestabilidad. Los pequeños nacederos de agua son visibles en el trayecto. Afluentes diminutos bañan las faldas de las montañas y reverdecen la vegetación.
“Paramito, Reserva natural de la sociedad Civil”, reza un letrero en madera donde se dibuja un mapa de la cuenca. Según Parques Nacionales Naturales, las Reservas Naturales de la Sociedad Civil “son áreas protegidas privadas establecidas a voluntad de los propietarios de predios dedicados a la conservación de muestras de ecosistemas naturales y tienen como objetivo garantizar la conservación, preservación, regeneración o restauración de los ecosistemas naturales contenidas en ellas, y que permita la generación de bienes y servicios ambientales”.
Según el mapa de la cuenca expuesto en el POMCH (Plan de ordenamiento para el Manejo de la Cuenca Hidrográfica), Paramito hace parte del área de interés de exploración del polígono VSM13, concesionado bajo contrato por la Agencia Nacional de Hidrocarburos a la multinacional Alange Energy Corp. Es una zona estratégica de conservación que guarda en sus entrañas alrededor de cincuenta tipos de aves y diversidad de flora y vegetación. La dimensión de lo que está en riesgo sale a flote.

En el ascenso, la carretera no cambia pero sí el paisaje. De montañas boscosas, otras deforestadas y algunas en proceso de reforestación, aparecen árboles a los lados donde sus ramas rodean la vista hacia el cielo y surten los costados de la vía. Quien sufra de vértigo no podría mirar hacia el lado derecho enfrentando su vista a tan vasto precipicio donde el río Las Ceibas sigue su cauce.
Durante todo el trayecto se asoman viviendas abandonadas que en otro momento fueron predios de algún campesino que decidió venderlo e irse de allí. Se mantienen de pie a pesar que sus puertas, ventanas y paredes ya resquebrajadas dan la impresión de querer desaparecer.


Algunos resquicios de procesos de bioingeniería sobresalen de la espesura de plantas que crece en los contornos del camino. A simple vista, cualquier persona que desconozca estas técnicas difícilmente entendería qué significa un número de guaduas apiladas, pegadas y sujetas a una ladera. Es lo que se conoce como trinchos en guadua, los cuales sirven para estabilizar terrenos cuando existe la presencia de fenómenos de remoción en masa

El vaivén de un fin de semana
Luego de Ceibas Afuera me encuentro en la vereda Santa Elena. Allí se ubica la Corregiduría que antes fuera la inspección de Policía. Al lado, el Colegio Santa Elena adscrito a la Escuela Normal Superior de Neiva y un puesto de salud de la ESE Carmen Emilia Ospina. Son las 6:30 de la tarde del sábado 12 de abril y la luna ya se empieza a pronunciar en el cielo. La chiva que me llevaría de regreso a Neiva no volverá, así que me conformo con pasar la noche allí. El viento más frío y entumecedor se apodera del lugar y el silencio es interrumpido por el ladrido de cuatro perros que se alarman con la presencia de dos luces de linternas que salen de la oscuridad para pasar revista a la zona. Adentro, en el lugar que me acoge, escucho las entrevistas que he hecho en el día y saco las ideas principales que me servirán de insumo para posteriores trabajos de reportería.
Afuera, dos hombres llevan pesados costales de maíz como alimento a los pollos de cría. “Bruno”, uno de los perros que pernocta en el césped, de vez en cuando llega y me pide que le acaricie su pecho y lomo. Alrededor, los gatos caminan impredecibles escondiéndose de todo.
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5:30 am. Amanece y como acostumbrada citadina no he abierto mis ojos. Mario llega y me comunica que no hay carne. Al fin los abro y pregunto “¿No hay carne?”, “No hay carne… puede dormir otro rato más”, me dice. Desprevenida, no doy importancia a su noticia así que continúo la siesta.
Cuando ya el alarido del día se gesta con sus gentes, aves, animales y vehículos de transporte, a las 7 am me levanto afanosa, me incorporo y salgo del lugar donde he pasado la noche. Una vaca es llevada frente a las instalaciones de la tienda y amarrada a un poste. “Ya van a matar la vaca”, dice Mario. “Hoy se demoraron, siempre la matan muy temprano”, añade. Horas después un campesino dirá que por lo general matan dos. Que entre las 8 y 10 de la mañana ya no hay carne porque toda la han vendido.
Fue durante el desayuno en la casa de la familia de Angie, una niña de ocho años, cuando le pusieron fin a la vida de la vaca. “La matan metiéndole un cuchillo en la vena aorta”, dice. Mi impresión llegaba al tope mayor. Al salir, el animal era desollado entre cuatro personas, dos de ellas adolescentes, mientras que un niño de tres años se paseaba mirando la escena con cierta naturalidad. En menos de diez minutos, una pequeña instalación ya tenía expuestas las partes del animal en largos y gruesos ganchos que pendían del techo. Al fin, la gente pudo comprar libras y más libras de carne de res. “Vendemos todo, no desaprovechamos nada”, dice uno de los hombres que atiende allí. Aunque la escena no fue de mi agrado, entendí que la carne de res que consumo casi diariamente proviene de esa misma acción, replicada en otros lugares similares o diferentes a ese.

Día de muchas labores
Ya casi es mediodía y a Santa Elena, grupos de personas llegan en la chiva a desarrollar diferentes labores vespertinas, mientras otros parten nuevamente a las demás veredas. El pequeño local que expende carne de res ya se está desabasteciendo. Don Julio, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Santa Elena, se pasea por el sector y habla con los campesinos que llegan. Al lado de la corregiduría está su vivienda. De vez en cuando entra y sale a dar buenas nuevas a los visitantes.
Al otro lado, junto a la tienda que surte de productos a los habitantes del sector, una mesa de billar reúne a un grupo de cinco hombres que ríen y golpean las bolas con los tacos a la espera de una triunfante anotación, mientras melodías de música popular al mejor estilo de Vicente Fernández, le dan otro aire al espacio.
Doña Audelina Espinoza, presidenta de la Junta de Acción Comunal de la vereda Los Cauchos viste de blanco y usa una gorra gris. Ha llegado para reunirse con algunos habitantes del sector. Me ve, me saluda tendiendo la mano y sonríe. Ha recordado que he sido yo la periodista que la abordó en una anterior entrevista durante una rueda de prensa en la Cámara de Comercio de Neiva. “Es bueno que los periodistas se metan en estos lugares, acá no viene nadie. Dicen y dicen cosas pero no muestran nada”, manifiesta con tono firme.
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Varios niños corren y revolotean en el lugar. En el salón de la escuela dos grupos de personas dividen el espacio. Uno está destinado para mujeres, niñas y jóvenes que quieren aprender el arte de elaborar sandalias. Son aproximadamente 30 personas. Afuera, sobre el andén de cemento del puesto de salud y a la luz de un inclemente sol, dos niñas de catorce años martillan una suela de cuero y tejen cuidadosamente tiras sintéticas de varios colores, a la vez que insertan diminutas perlas entre ellas.
“Cada domingo venimos a la escuela y hacemos sandalias”, dice una de ellas. “A mi me gusta, ya he hecho varias”, manifiesta sonriendo su acompañante. “Yo vengo con mi mamá y mi hermana pequeña, vivimos en Pueblo Nuevo y las sandalias que hacemos las vendemos”, continúa. Las niñas se divierten y la evidencia de que hay espacios de aprendizaje y esparcimiento en este sector de la cuenca es dignificante.
Mientras tanto, el otro grupo de personas recibe una lección de español. Minutos después, el tablero de tiza guarda palabras como “Fracaso” y una docente les enseña a los educandos cuál es el mejor camino para esquivarlo y alcanzar el éxito.

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Al otro lado de la carretera, una pendiente acoge un salón elaborado por la misma comunidad. Hay un pequeño parque en madera para niños y una cancha de fútbol en arena con una malla floja e inconsistente. Pregunto a Angie, la hija de don Julio, dónde está su mamá. “Estudiando”, responde. “Necesito saber cómo me va con la venta de agua, es que nosotros vendemos de todo”, dice poniendo sobre la conversación varios temas.

La madre de Angie es una mujer emprendedora que tiene a su disposición la venta de pan, cacao, helados, agua y un sinnúmero de cosas más. “Ella qué no vende; es del grupo de Mujeres Cacaoteras. Los jueves vamos a recoger el cacao y el viernes, entre ella y yo lo preparamos”, dice. Antes, don Julio, su padre, les colaboraba, pero por diversas circunstancias son ahora ellas dos quienes llevan la rienda de esta fuente de ingresos. A pesar de sus escasos ocho años, Angie es una niña despierta, habla mucho y dice que cuando sea grande quiere ser doctora o artista.
Al interior de su vivienda hay un horno para el pan y vasijas de plástico donde es preparado el cacao. Huele a chocolate, y al fondo una brizna fría proveniente de los rescoldos de la montaña, hace mover la ropa que cuelga de las perchas. Motivos para quedarse allí sobran, así que en una silla me siento mientras los minutos pasan y Angie muestra sus dibujos que pinta y que la catalogan en la escuela como una persona creativa e inquieta.
Son casi la 1:00 pm y es hora de partir. Angie me dice que “para la próxima” quiere que la visite de nuevo y vea una película con ella. Al salir, las dos creadoras de sandalias que están sentadas en el andén dicen efusivas: “Mira, ya terminamos un par, ¿quieres verlas?”. Las sandalias ya están listas.

El limbo de los que esperan ser reubicados
A 20 minutos de Santa Elena está Pueblo Nuevo, vereda de la parte baja de la cuenca. Allí se asientan más del 50% de las familias que están a la espera de ser reubicadas, luego que el POMCH estableciera una Zona de Reserva Forestal de 13636 hectáreas (has), de las cuales se deben adquirir 5600, habitadas y usufructuadas por familias campesinas, 75% de ellas propietarias de predios menores de 30 has. Además de esta vereda, están San Bartolo, Motilón, Las Nubes, Alto Motilón, Tuquila y La Plata. (Lea: ¡A salvar Las Ceibas!)
El municipio y el departamento sólo destina recursos para comprar predios que excedan dicho número de hectáreas. Hasta la fecha, las grandes fincas se han vendido, pero queda el dilema de aquellos que no saben qué hacer con sus pequeños terrenos, pues la administración municipal no ha ejecutado lo que corresponde en materia de reubicación. De otro lado, en caso de ser comprados, el costo de éstos sería irrisorio impidiendoles adquirir uno nuevo y dificultando la obtención de nuevas y mayores fuentes de ingreso.
Don Edgar es un campesino cultivador de café y vive en la vereda Pueblo Nuevo. Es alto y delgado. Su voz es un hilo de palabras pausadas y de bajo volúmen. Hace parte de esas 30 familias que cargan la esperanza de que el municipio les solucione el problema . Sin embargo, hace un mes, este habitante de la cuenca prefirió vender su predio de dos hectáreas a un valor que no corresponde, porque no tuvo otra alternativa diferente.

A pesar que no siente nostalgia de dejar la tierra que le dio el apoyo por mucho tiempo, sabe que otras personas en su misma condición pueden llegar a hacer lo mismo. “Decidí venderlo porque la situación se tornó insostenible”, afirma. “Los predios grandes ya se vendieron, quedan los pequeños, entonces uno qué hace acá si ya no hay nadie quien nos contrate”, manifiesta. “Acá donde estoy si tuviera algún tipo de préstamo me pondría a criar pollos o marranos”, añade. Su familia, conformada por su esposa y dos hijos, habitan una casa arrendada por 300 mil pesos en el barrio Galán, al sur de la ciudad de Neiva. “El desespero viene cuando veo que hay más solución en las ciudades que en el campo”. Difícil asimilar esa percepción por quien ha sido un cultivador de café casi toda la vida. No obstante, presiente en medio de su incertidumbre que en Neiva le podrá ir mejor.
“Están echen y echen gente pa’ la ciudad”, dice don Isauro, habitante de una vivienda ubicada unos kilómetros más arriba de la de don Edgar, quien hace presencia en la conversación.
Y es que según este trabajador de la tierra, hace algún tiempo personas que han manejado a fondo el tema de reubicación y reformas agrarias, les plantearon a éstas familias la propuesta de elaborar un proyecto y presentarlo al gobierno. Todo esto a cambio de 500 mil pesos por cada una. Pagan por un favor que no les corresponde. “¿No debería ser el mismo gobierno quien venga, mire y haga los proyectos y no otras personas?”, se interroga. “Definitivamente necesitamos la reubicación”, dice.
Por lo pronto, don Edgar espera sembrar caña en su vivienda, acción que le permitirá incrementar un poco más el precio de ésta. “Más o menos son cinco millones de pesos aproximadamente por hectárea sembrada”, concluye.

De regreso a la urbe con un montón de historias en el camino
De regreso a Santa Elena, don Juan, el asistente del corregidor de la vereda, pregunta cómo veo la zona. Las conclusiones son claras: personas tranquilas y unidas sin motivos de altercados o riñas, clima perfecto, paisajes que embellecen aún más la vista, expectativas de mejoramiento y crecimiento personal y colectivo, junto a un pequeño equipaje lleno de anécdotas por compartir. “Tiene que volver”, dice. “Así será, muchas gracias”, respondo y me despido.
Mario apresura el paso, alista las maletas y yo por mi parte guardo mis elementos de trabajo en la mochila. Es hora de devolvernos a la ciudad. En el descenso por las pendientes empedradas y polvorientas, algunos carros atiborrados de personas con maletas llenas de interminables objetos circulan rápidamente, junto a motos y transeúntes de a pie.
“Vamos a ver qué tan lleno está el río; eso ha sido un problema, la contaminación es constante y es necesario emprender medidas que impidan que los bañistas lo sigan contaminando”, manifiesta Mario. Las pilas de basura de diversa índole también son constantes en puntos específicos del camino. Efectivamente, el río está lleno y varios grupos de personas se ven instalados en las riberas del afluente. “Eso que ahora no hay tanta gente como otros días”, comenta.
Para mitigar estos casos, alude a los comparendos ambientales y las solicitudes de veinte vigías a la Secretaría de Medio Ambiente, como los que actúan en el resto de las comunas de la ciudad, que notifiquen infracciones al medio ambiente en la totalidad de la cuenca. “Para la próxima vamos a la Colonia, que ya es zona de reserva en la parta alta de la cuenca. Es muy frío”, concluye Mario.
Llegar de nuevo al inicio de la cuenca, que es a la vez el fin del recorrido, se convierte en una extraña sensación. La diferencia más clara está en el estado de las vías que se reconoce aún más cuando se toca el pavimento al acercarnos al casco urbano de Neiva. Luego, el clima caliente que se impregna en la piel y no se va. La cuenca parece una dimensión lejana y escondida cuando en realidad está más cerca de lo que cualquiera creería. Y es que el sentido de la vida radica en esos momentos decisivos donde la relación con el mundo y la naturaleza cambia para siempre.
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