Por: Daniela Alvarez
Según él, su vida empezó a ser desgraciada cuando su madre murió de una enfermedad desconocida, su padre se vuelve “alcahueta” y él simplemente se deja llevar, no solo del vicio sino también de la vida en la calle. Se vuelve un niño agresivo, todos le temían, los cuchillos dejaron de ser para él un utensilio del hogar y se convirtieron en armas blancas que facilitaba su “supervivencia”; es allí donde su vida da un fuerte giro, pasa de robar a hacer daño físico.
"Yo no creí que la vida me fuera a devolver todo lo malo que yo hacía", reflexiona Diego como antesala para decir que a sus 12 años mataron a su padre, "por andar metido en vainas raras" de las que hoy él se siente culpable; en su expresión se refleja la tristeza y la impotencia de no haber podido hacer nada para salvarlo. Desde entonces, sin familia, ni apoyo alguno, recae completamente en la indigencia (una condición de vida desconocida por muchas personas, y con escasas cifras en las instituciones). Sus hábitos de fumar y robar se hicieron cada vez más fuertes, sentía que ya no tenía nada que perder, sólo le quedaba su vida.
No específica los años que sobrevivió en la calle, lo único claro es que fueron los suficientes para que su niñez desapareciera y se hiciera adolescente. Cuando inició su adultez, Diego consiguió pareja, se casó y vio nacer a sus dos hijos, una niña y un niño, pero no altero su consumo de drogas, no era consciente del daño psicológico que le causaba a su esposa, que pensaba con temor perderlo como a él le sucedió con su padre; ella conocía su pasado, las malas acciones que había realizado y sus prácticas diarias, y constantemente se cuestionaba por el futuro al lado de Diego, hasta que finalmente tomó la decisión de alejarse de él, aunque el amor de ella y sus hijos era fuerte.
Vendría entonces una nueva etapa para Diego como mecánico en la Carrera 4, pleno centro de la ciudad de Neiva. Trabajaba en el área de la latoneria y pintura de autos, y reparación de motores. Su carisma, confianza y su espíritu trabajador lo hizo muy reconocido. Pero esta época maravillosa, como muchas personas y hasta él mismo la recuerda, se fue perdiendo poco a poco, perdió la fuerza de voluntad y el excesivo desgaste de su cuerpo, lo llevó a acudir de nuevo a las drogas, según él porque era lo único que le daba la fuerza para trabajar, regresando de nuevo a la indigencia.
Esta fue una época muy dura para él, tantos cambios de emociones y de vida lo estaban haciendo perder la razón. Así pasaron muchos años y su hija que ya tenía 15 años de edad, lo visitaba de manera frecuente, eso sí a escondidas de su madre,
Tiempo después la posibilidad de heredar una casa, lo motivó a dejar a un lado la vida de indigente para trabajar como jefe de panadería. Adquirió conocimientos técnicos que le permitieron desempeñarse durante un tiempo en este campo, su único interés era poder dejarle a su hija la casa, por eso luchaba cada día "con todo el esfuerzo de la mente, corazón y cuerpo" hasta que logró su objetivo, dejarle un techo propio y fijo a su hija.
No pasó mucho tiempo después de cumplirle a su pequeña, para caer de nuevo en la indigencia y en el mundo de las drogas, pero esta vez fue por poco tiempo, pues ella en señal de agradecimiento lo convenció de ir a un centro de rehabilitación. Allí pasó ocho meses recluido, saprendiendo oficios, hasta que decidió volarse del centro, pues creía que su vida no tenía sentido. Nuevamente la calle se convirtiría en su hogar.
"Ya supere esa dependencia por las drogas y sé que eso me hace daño, además no quiero caer de nuevo porque mi objetivo es recuperar a mi familia", dice Diego hoy. Lleva ocho meses durmiendo entre cartones, reciclando, bañándose en el Río del Oro, alimentándose de sobras de comida, y de lo que consigue con su trabajo de reciclador; mientras, busca la manera de recuperar su familia y olvidarse por completo de esa vida cruel que deja un hito oculto en su historia. Quienes lo miran solo pasan por su lado expresándole rechazo absoluto, negándole la posibilidad de encajar como ciudadano, "eso a mí no me importa, ahora mi único objetivo es no seguir atado a las drogas", menciona.
No se pueden ver las heridas de su corazón, pero si las heridas de su cuerpo, muchas veces a causa de las típicas peleas de calle que se formaban por defenderse y cuidar su territorio, y otras veces por las fuertes golpizas que miembros de la policía le propinan por el hecho de ser indigentes.