Casiano y Baltasar, los protagonistas de la historia, son un par de amigos que desde jóvenes discutían apasionadamente acerca de cómo se desarrollan las políticas de cada uno de sus partidos para poder perpetuarse en el poder. En un espacio de sesenta años (1918, tiempo en que comienza la obra – 1978, tiempo en que termina) se narran las experiencias políticas del país desde la visión de estos dos modestos hijos del pueblo, quienes demuestran que el poder siempre reside en las clases altas -high class- y que al pueblo nunca se le cumplirán las promesas de cambio y progreso.

El país no ha cambiado nada desde la terminación de tal obra de Salom Becerra. Los que dicen llamarse opositores entre sí, continúan agrediéndose en el discurso y, por lo tanto, en la práctica. La situación, de tercer país más feliz del mundo y primero en la desigualdad, la vivimos todos, o un 90%, la mayoría… el pueblo.

Colombia lleva 200 años con los mismos apellidos al cargo de las distintas formas de gobierno. A pesar de eso, se sigue debatiendo las diferencias ideológicas que solo terminan con la separación de la sociedad y con la distribución del mismo poder por parte de quienes dicen representarnos.

El siglo XX fue clave para, de forma constitucional, esclarecer el ambiente. Las políticas eran las mismas pero con distinto discurso. Ante esto y todo lo que el libro nos cuenta según las experiencias de Baltasar y Casiano, Colombia sigue sufriendo de ese mal, de Colombia.

Actualmente enfrentamos un proceso de paz que sencillamente pretende acabar con uno de guerra de más de 50 años. Hay dos corrientes políticas con distinto libreto pero la misma causa: El poder. El uno mediante la demagogia de la paz, el otro de la impunidad. A eso estamos sometidos, a las diferencias de lenguaje pero a la concordancia de sus andamiajes. Por esa, y muchas otras razones, Al pueblo nunca le toca.

 Por Manuel Perdomo