Dirección: Julio Luzardo González
Formato: 35 mm
Año: 1964
Productora: Cine TV Fimls, Colombia
Guión: Gustavo Andrade Rivera, Julio Luzardo González
Producción: Héctor Echeverri Correa, Alberto Mejía Estrada
Fotografía: Helio Silva
Música: Jorge Villamil
Intérpretes: Carlos Duplat, Santiago García, Carlos José Reyes, Eduardo Vidal, Milena Fierro, Jorge Andrade Rivera, Pepe Sánchez
Cuando se trata de ver cine, se ha dicho que se entra como en un sueño: Un espacio onírico donde el hombre rebela no solo lo intrincado de su condición humana, sino que también expone todo lo que ha sido capaz de construir, configurar, y transformar en beneficio o en contra suya, mostrándonos asimismo con plenitud, todas las formas que él puede dar a sus entornos sociales y contextos históricos.
En este sentido el cine expresa bien lo que se podría pensar (desde un aspecto Borgiano), como una de las funciones terapéuticas que cumple el arte sobre la conciencia de las personas: la de ser un espejo que nos revela nuestra propia cara.
Así pues, en nuestro valle de las tristezas se han hecho esfuerzos quijotescos para mostrar lo anterior desde el ejercicio cinematográfico, y dentro de estas iniciativas, resalta la obra pionera del maestro julio Luzardo, que abrió una ventana (hace ya cuarenta y ocho años) necesaria para empezar a realizar el propósito que puede cumplir el arte; esta apertura artística es también un reflejo a esa otra cara que hace parte de nuestro origen como latinoamericanos, mestizos, y de identidad muy ligada a la tierra, pero que por desafueros de la historia y de los propios hombres que la habitan, se da el caso que pasamos de la gloria a la burla y viceversa. De esta manera es que el joven y recién graduado en cine de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) y teatro en el Pasadena Playhouse en Los Angeles, California llega a probar con su Rio de las tumbas, gran metáfora al rio Yuma quien en los tiempos (presentes) de la violencia sirve de autopista mortuoria para testificar sobre los estragos de la guerra.

Catalogada como la película iniciadora del género cómico en el país, intenta rebelar en medio de este naciente genero una imagen totalmente cruda, irónica y mordaz del colombiano por medio de una de sus expresiones: el opita; cruda e irónica porque muestra la indolencia ante la realidad insinuada de un conflicto social y armado que deja como consecuencia directa el derramamiento de sangre reflejada en el cadáver que visita el pueblo a través del rio. Y mordaz porque es un golpe directo a la sociedad colombiana que no es capaz de vislumbrar para la época (1964) la situación que se está desarrollando en sus propias narices en relación a lo que el país experimentó en 48 y que desembocó en esta guerra que hoy por hoy, cumple 64 años de estar activa. Pero además de esto, es una obra maestra porque también fue realizada con la mejor generación de dramaturgos con que contaba el país para la época, Luzardo recién llegado de realizar sus estudios en el extranjero, fue capaz de reunir en un mismo escenario a actores tan importantes en la dramaturgia y el cine colombiano como Carlos Duplat, Santiago García, y Carlos José Reyes, pioneros todos ellos en estos campos, y para mas merito, fue capaz de involucrar en la construcción total de la película al teatrero con más experiencia (sin desconocer los anteriores) y mayor claridad crítica de la realidad con que contaba el país en ese momento: Gustavo Andrade Rivera; no es gratuito que la cinta tenga esa inclinación de crítica y denuncia al conflicto y a la soporífera condición de indolencia en el que están sumidos los habitantes de la ardiente Villa Vieja en representación del pueblo colombiano. Por otro lado, también la película cuenta con la participación de uno de los mejores fotógrafos que ha parido Latinoamérica: el Brasileño Helio Silva logra darle un acabado perfecto al film sacando a plenitud todo el jugo a los rasgos distintivos del desértico, ardiente, luminoso y seco paisaje donde se desarrolla la historia, y en los espacios interiores, el ambiente casi lúgubre genera en el espectador el ámbito de zozobra necesaria para esta trama.
Finalmente todo este repertorio de imágenes, actos, critica y sátira, se ven y se sienten orquestados por el compositor huilense Jorge Villamil, el cual por medio de melancólicos y casi terroríficos punteos, y de la agradable sinfonía de sus Espumas, amenizan todo este viaje en el tiempo que nos legó Julio Luzardo.