Por: Carlos Romero Artunduaga

 

El Encuentro

Ya casi eran las nueve de la noche, Raúl se preparaba para entregar su turno. Sólo faltaban un par de cuadras hacía el norte de la ciudad para llegar al paradero. Cien pasajeros, apenas eso en todo un día de trabajo. A él le correspondía el 40% del dinero recogido y por esa tarde se libraría de pagar el combustible, pues lo haría el considerado dueño del vehículo.

No pasaba por sus mejores días, esos habían quedado en el pasado cuando apenas conoció a su gorda, sin defectos y sin hijos hace cuarenta años. Hace cuatro, con la experiencia de 63 vividos y con una jornada de trece horas conduciendo una chatarra azul oscura, en lo único que pensaba era en tomarse unas cervezas. ¿Qué su gorda lo esperara? Eso a él no le importaba, ahora ella era fea, seguía igual de gorda y tenía cinco hijos, que apropósito eran de él.

Luego de entregar su turno y sin perder el tiempo, Raúl había encontrado el lugar indicado para petrificar sus penas, penas que serían pocas para las que vendrían después. Luego de unos minutos, el viejo ya había perdido la cuenta de los tragos que había tomado, pero al parecer para quien lo observaba esa noche, eso era apenas el inicio de la rutina adoptada por él durante los últimos meses del año 2009.

Con las ganas de desaparecer que aún no se hacían evidentes, Raúl depositaba sus espantos a merced de la embriaguez en el último rincón del bar que visitaba. Sin darse cuenta que era observado, levanto el rostro y como si hubiera despertado de un tedioso letargo, se sorprendió al encontrar en medio de la oscuridad y el espeso humo del lugar a la mujer que lo alejaría al menos por un momento de la sombra de sus tristezas.
La mujer que él buscaba era la que lo estaba observando del otro lado del lugar, ella se había puesto el escote más seductor, la minifalda más corta y los zapatos más altos, todo con el fin de recibir la visita de Raúl que en los últimos meses solía llamarla día de por medio para que no estuviera con nadie más y lo esperara a él.

Un par de miradas de Raúl y un gesto con su cabeza fueron necesarios para que la joven se acercara a la mesa, el viejo que no paraba de tomar, le agarro el brazo y cerciorándose de vaciar muy bien la botella antes de levantarse, la llevo al cuarto más cercano del bar donde se encontraba. Allí en el cuarto, seguía aun sin dirigirle la palabra y a cambio de eso, empezó a tocarla y a desquitar el infortunio de su vida en ella, la mujer algo sorprendida cumplió el protocolo de la noche y con la experiencia que le traían decenas de situaciones como la anterior, sabía que con Raúl la terapia sería mucho más larga y que en el fondo de todo a ella le gustaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre el Cielo y el infierno

Ximena era el nombre de aquella mujer, o bueno al menos para Raúl y para esta historia se llamara así. Ella, estudiante de alguna universidad del país, ha hecho memoria en acontecimientos de su pasado que le aturden la existencia a través de los sueños, y ha decidido contarlos con el fin de ir evacuándolos hasta no saber nada de ellos por completo. El ultimo sueño que le ha invadido su tranquilidad es el de Raúl, ella lo ve en cuanto cierra los ojos y aunque hace cuatro años que prestó sus servicios para él, sabe que llego a conocerlo tanto en tan poco tiempo que el viejo pendejo pudo confundirse de cielo, o de infierno. Así que la historia de Raúl está narrada desde las experiencias que tuvo la estudiante de psicología en algún periodo de su vida y que hoy como “Ximena” ha decidido contarlas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al viejo Raúl apenas le regresaba el alma al cuerpo después de liberar las energías guardadas con la joven que lo acompañaba, ella casi intacta luego de haber soportado un alma de 70 kilos encima durante cinco minutos, se fumaba un cigarrillo al borde de la cama como ritual de olvido y cuando pensaba que la rigidez del viejo eran señales de muerte, él rompió el silencio empezando a confesar sus penas.

Para la hoy estudiante de psicología, los traumas del viejo Raúl estaban más allá de ver a su gorda más fea, el viejo realmente no había sido lo suficientemente afortunado en lo que él llamaba vida. Durante tres meses ella fue su karma, su bendición, lo escucho hasta poder hacer una radiografía de cada instante de su vida. Basada en la ley inamovible de que los borrachos dicen la verdad, guardo tantos secretos de él que al momento de ser su demonio sepulcral no supo dónde meter tantos huesos.

Luego de romper su silencio, el anciano hizo evidente el temor que le acrecentaba el sufrimiento esa noche, había sido amenazado de muerte la semana anterior, las amenazas ya eran para él algo natural, por cada deuda que tenía y sin necesidad de que se lo dijeran él ya deducía que sería atravesado por una culebra, el verdadero problema estuvo cuando vio la procedencia de las últimas amenazas que tenían como firma “FARC” (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), y como destinatario a Raúl, sapo, traidor.

La joven, que aquella ocasión se disponía a encender un nuevo cigarrillo, dirigió la mirada al anciano y sorprendida de haberse impresionado luego de mucho tiempo en el oficio, pensó que en medio de todo él se merecía lo que le estaba pasando,porque en noches anteriores luego de la infaltable rutina erótica, el viejo le comentaba la manera como maltrataba a su familia y en especial a su esposa, pero Ximena no se atrevió a decirle nada, pues aun no pasaba su cuenta de cobro y temía perder la noche.

Orígenes suicidas

Raúl era oriundo de algún municipio del sur del Tolima, había llegado a esta ciudad como un desplazado, pero más que un desplazado existía en él un informante que prestaba sus servicios a la “revolución” y en uno de esos negocios económicos que debían ser dirigidos a la causa, se desapareció con todo dejando un batallón de enemigos a la espalda. Con la única excusa de que había sido desterrado de su lugar de origen.
Aunque no lo crean, Raúl intento hacerle frente a la problemática de las amenazas, lo único que necesito fue una noche cómplice de tragos, una soga no más larga que sus ganas de volver a desaparecer y el árbol del patio de su casa que le triplicaba la estatura. Acosado por las problemáticas, esa madrugada el viejo acababa de llegar del bar de sus encuentros, en su casa que se ubicaba al oriente de la ciudad de Neiva, donde lo esperaba una mujer furiosa y desesperada por la situación económica que había acostado a dormir a sus cinco hijos sin probar bocado alguno.

Viendo esta situación y ebrio hasta las entrañas, Raúl espero que su gorda alegara sola hasta el cansancio, para cuando todo ya parecía tranquilo y su mujer había decidido dormir, él reducido en un sentimiento que sólo él podría describir, decidió acelerar el proceso y en medio de la oscuridad de la madrugada se subió sigilosamente al árbol con tan mala suerte que cuando se disponía a dar el brinco final hacia el vació, las luces de la casa se encendieron dándole el toque de suspenso que merecen escenas como esta. Los gritos de la mujer que le suplicaban que se descolgara del árbol lograron despertar a media cuadra y para cuando Raúl creía que eso sería suficiente ya tenía todo un público en pro y en contra de su acto.

Pero el anciano no acudió al llamado de su esposa, realmente quería hacer lo que se había planeado y mientras observaba a los vecinos que sin problema alguno iban entrando y saliendo de su casa para verlo, llego un policía. Cuando todos se esperaban qué este lo persuadiera a dejar su plan siniestro, el policía le dijo muy seriamente que si él creía tener “los huevos puestos” ya se habría matado desde hace rato y sin hacer tanto alboroto. El anciano con una frase de esas tan contundente y motivadora, sin medir el nudo que ya se había cruzado en el cuello, se echó a morir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los insultos hacía el policía no se hicieron esperar, pero muy seguramente el motivador ya tenía años de experiencia en este tipo de casos. Sólo que en esta ocasión el suicida no se arrepintió sino que procedió y mientras temblequeaba colgado de la cuerda el policía esperaba el momento oportuno, ese en el que los ahorcados escurren los pantalones, para bajarlo con vida de allí. El viejo Raúl les había demostrado a todos que sus huevos los tenía bien puestos y con ganas de partir.

Este episodio lo narra Ximena con cierto temor y preocupación, porque de allí nacen todas sus pesadillas, sus malos recuerdos. Raúl días después de su intento fallido, regreso a brazos de su acompañante y con el cuello coloreado le confesó lo sucedido, con las mismas deducciones del policía ella escuchaba al viejo sin saber que eso sería un pacto y el antepenúltimo encuentro con un espectro viviente, o al menos lo que quedaba por el momento de alguno.

El último encuentro de la joven prepago y del viejo Raúl, sería precisamente esa noche en que él le confesó lo de la amenaza de sus antiguos camaradas de causa. Ximena que hoy tiene 23 años empezó en el negocio desde los 17 y para esas noches finales tenía 19, los motivos por los cuales lo hacía en esta oportunidad serán indiferentes, lo que puede quedar claro es que afortunadamente en los encuentros con Raúl empezaba a imaginarse un futuro fuera de ese ambiente.

Más sorprendida aun quedo Ximena cuando Raúl rompió en llanto, ella que lo presencio todo, podía sentir la desesperación de aquél hombre abandonado por el destino y por su mujer después de su intento de suicidio, como si hubiera sido la golpiza más fuerte que haya podido propinarle a su gorda. Logro lo que por mucho tiempo espero, que ella lo dejara. Tal vez la mujer estaba decepcionada por el cambio del machote de las palizas al cobarde de las madrugadas y al día siguiente de la escena lo único que espero fue que Raúl saliera para ella preparar su arranque con los cinco hijos.

El final

Ximena nunca entendió por qué tuvo que lidiar con un destino tan arrugado, como si el de ella no bastara para atormentar mil vidas. De la misma manera no dejaba de repetir lo cabrón que había sido el anciano al intentar buscar ayuda en una mujer de 19 años y sobre todo puta, si hubiera al menos presentido un indicio del sufrimiento que hoy lleva porculpa de él, muy seguramente no le hubiera cobrado por horas si no por segundos.

Para cuando Raúl termino de repetirle sus melancolías a Ximena ya eran cerca de las cinco de la mañana, los administradores de la joven por poco y tumbaban la puerta con el fin de sacar al viejo del cuarto donde se encontraba con ella. El suicida al despedirse dejo para la joven todo lo ganado al día anterior en sus turnos como conductor y salió diciendo que la llamaría tan pronto pudiera para volverla a ver.

Pasaron dos semanas para que la mujer extrañara al viejo Raúl, no la había vuelto a solicitar y a parte de necesitar el dinero ella sentía que lo extrañaba. Ximena nunca tuvo un padre, tal vez por eso quiso tener uno, así fuera un insensato. Una madrugada un año después del último encuentro, ella volvió a saber de él. “Gracias al demonio se le dieron las cosas al pobre viejo”, dice Ximena, pues el anciano había sido encontrado en algún potrero de la ciudad molido a machetazos y con un tiro en la frente, este podría ser un bonito panorama para un suicida en fase final y para una joven prepago en vueltas de retiro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las causas de los hechos ya podrán ustedes los lectores deducirlas.

Sobre la familia del desafortunado hombre Ximena no volvió a saber nunca más, del que sí sabe hoy en día muy seguido es de Raúl que muy seguramente tendrá ganas de suicidarse de la muerte para volver a encontrarse con los suyos, pues no logra dejar a Ximena tranquila ni en los sueños. Ojala y el muerto me perdone por publicar esta historia y la psicóloga pueda estar cómoda quitándose un alma de encima y sabiendo que se contó lo que se tenía que contar.

 

 

Ilustraciones: Miguel Ángel Guerrero