Por: Ana Maria Cubillos
Las habilidades de Marcos Medina, por las que fue reconocido y respetado en Campoalegre, eran por hacer “trabajos,” como se llama popularmente, al practicar hechicería sobre las personas. Estos trabajos eran de toda clase y para un gran número de personas significaba la solución a uno que otro problemita.
La gente del pueblo confiaba en él, si necesitaban volver juicioso a un esposo infiel, a la casa del –medico Marcos- llegaban, si el objetivo era enamorar a una muchacha, Marcos era el indicado, si alguien quería cobrar venganza, con magia, lo lograban. En fin la casa de Marcos era el lugar favorito de muchos campoalegrunos, esto se comprobó con la muerte de mencionado hombre, pues en su casa la hermana hallo fotos, mechones de cabellos, naipes, muñecos que dan fe de lo que un día, otros vinieron a buscar.
Marcos desde los 12 años se interesó por aquello intangible, por lo que está más allá de la percepción de los sentidos, por conectar su mente con otras dimensiones, y comunicarse con los que han dejado de existir. Viviendo en una época, donde lo religioso determinaba las acciones del hombre, era fuertemente criticado por sus padres, sin embargo paradójicamente siendo una persona de tales prácticas, era fielmente católico.
Su vida, además de girar en torno a tabacos, naipes y piedras de la verdad, estuvo marcada, por la violencia en Colombia de los años 40’ y 50’, en especial por la masacre del Pomo en San Juanito, hoy Algeciras, donde pudo ser testigo de las torturas practicadas a las personas antes de matarlas. Siendo muy joven, fue obligado a recoger cadáveres, lo que despertó ese lado espiritual e hizo que empezara a desarrollar sus habilidades.
Al igual que el hombre que apareció en su sepulcro, él sostenía, que sus poderes, los había recibido de un señor a los 16 años, edad en la que empezó a practicar la hechicería. Marcos murió sin saber leer, pero gran parte de su conocimiento lo adquirió a través de los libros, su estrategia era conseguir quien se los leyera. Nunca se interesó por aprender a leer, porque el no saber, era una buena excusa para disfrutar lo que más le apasionaba: escuchar de la voz de otro la literatura que lo atrapaba.
Su labor le permitió viajar por el mundo, en especial por los países del medio oriente, pero el fin de su existencia lo vivió en Campoalegre, allí murió a los 65 años a mediados del 2014, por problemas de azúcar, en los que sus habilidades no fueron de ayuda. No pudo curar el pie que una pequeña hormiga infectó.
Se dice que las historias acaban, cuando sus protagonistas mueren, pero muchas veces, aquella partida es el comienzo para una nueva aventura. Eso que no lo cuente, más adelante el hombre con el que iniciamos esta narración.